El regalo de un pecador contrito

En muchas ocasiones, los actos de fe y de amor más fervorosos provienen de pecadores contritos. Cuando hay amor, el pecado da lugar a la contrición, y la contrición alumbra manifestaciones de piedad encendidas y conmovedoras.

Marta se encaró con Jesús por su tardanza en llegar ante la enfermedad de su hermano. Pero el Señor la invitó a manifestar su fe, y ella dijo: Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo (Jn 11, 27).

Pedro negó tres veces a Jesús. Pero, cuando Jesús le invitó a manifestar su amor, dijo: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo (Jn 21, 17).

Tomás se negó a creer que Cristo hubiera resucitado. Pero, cuando Jesús le invitó a palpar sus llagas, el apóstol, conmovido, exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!

Es mucho decir. Supone confesar: «Tú, Jesús, eres mi dueño. Yo soy tuyo, te pertenezco. Eres mi creador, mi protector y mi auxilio. Eres mi vida y todo cuanto tengo».

Recibe el regalo de ese Tomás contrito, y llévalo a tus labios. Pero, cada vez que pronuncies ese ¡Señor mío y Dios mío!, saborea bien lo que dices.

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