El que vive vuelto hacia Dios

Cuando Jesús, antes de padecer, consagró por primera vez el pan y el vino, dijo, mientras entregaba el cáliz a los apóstoles: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Mira que no dijo «para muchos», sino por muchos. Esa sangre estaba ofrecida a Dios por la redención del hombre.

Cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía, consagra Jesús el pan y el vino. Es Él quien consagra, no el pecador que recibió la unción de manos del Obispo. La carne de ese pecador, junto a su alma, han sido expropiadas e invadidas por Cristo. Y están ofrecidas junto al Pan y Vino consagrados.

El sacerdote es aquél que vive vuelto hacia Dios. Está ofrecido y entregado a Él por ti; es otro Cristo. No te pertenece; le pertenece sólo a Dios. Su celibato es ofrenda que arranca desde el corazón y abarca hasta la última de sus células. Por eso, se deja comer por ti cuando acudes a él buscando el perdón de tus pecados, el Pan de vida, la efusión del Espíritu, o la luz que necesitas en tu camino. Pero recuerda que ese hombre es de Dios. Cómelo con gratitud, como comulgas.

(XTOSESB)