El que vino para morir

Era Navidad. Y me encontraba yo ante el Belén de mi parroquia con un grupo de niños. Les pregunté: «¿Para qué ha venido el Niño Jesús a la tierra?». Y una niña, sin ni siquiera levantar la mano, respondió al instante: «Ha venido para morir».

Los niños tienen intuiciones poderosas.

Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. El propio Jesús explica a los suyos en qué se distingue esa muerte suya de la muerte que alcanza a todos los hijos de Adán. Los hombres estamos en el mundo y morimos; Cristo ha venido para morir. Y eso nos obliga a cambiar los términos, con permiso de mi pequeña profetisa. Jesús no muere; entrega la vida. Y así convierte la muerte en ofrenda voluntaria de Amor que redime a los hombres.

Ojalá se pudiera decir lo mismo de ti. Unido a Cristo, abrazado a su Cruz, no te conformes con la suerte triste del que muere. Entrega la vida, conviértela en ofrenda. Vive de forma que, cuando Dios te llame, los tuyos no digan que has muerto, sino que te has entregado del todo.

(TC02X)