El que se obliga, se ata

En ocasiones, acuden al sacerdote personas que se sienten culpables porque les cuesta esfuerzo rezar o acudir a los sacramentos. «Lo hago por obligación», dicen. Y el sacerdote responde: «¡Bendita obligación!».

Yo os bautizo con agua; Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Primero tiene que venir el bautismo de Juan. El agua purifica sólo por fuera. Así, el que, con esfuerzo, se obliga a rezar y a acudir a los sacramentos, se comporta por fuera como quien lleva una vida santa, aunque se queje de que, en su interior, no experimenta el impulso amoroso que haga dulce esa vida. Todos hemos empezado a rezar por obligación, por una bendita obligación de amor, aunque por dentro tuviéramos que violentar un corazón aún no purificado. Todos hemos comenzado por el bautismo en agua del Bautista.

Un día, y otro día, y otro día rezando sin ganas, hasta que, al final, llega el bautismo de fuego, el del Espíritu. El fuego quema, y el Espíritu abrasa en amor nuestra alma. Cuando, una mañana, te despiertas con deseos ardientes de rezar, te alegras de haberte obligado durante tanto tiempo. No habrías llegado al bautismo de Cristo sin pasar por el de Juan.

(TAC03)

“Evangelio