El que se deja comer

Sorprende mucho que Jesús, a la hora de buscar un nombre para ese mendigo de su parábola, a quien hasta los perros venían y le lamían las llagas, eligiese, precisamente, el de Lázaro. Porque Lázaro, el amigo del Señor, era un hombre rico. Pudo haber elegido el nombre de Bartimeo, aquel mendigo ciego a quien Jesús sanó, pero eligió el de Lázaro, el amigo acaudalado a quien resucitó del sepulcro.

¿Quiso decir algo el Señor con esto? ¿Quiso, quizás, disociar, en la mente de los discípulos, la pobreza evangélica con la falta de bienes materiales? ¿Quiso insinuar que se puede tener dinero, como Lázaro y, sin embargo, ser pobre ante Dios?

El Lázaro de la parábola no tiene otro tesoro que Dios. Cuanto posee en esta vida está entregado generosamente. Ni siquiera espanta a los perros que vienen a lamer la sangre de sus llagas. Literalmente, mientras Epulón es el hombre que come, Lázaro es el hombre que se deja comer. Es Cristo.

No nos identificaremos con Lázaro por tener poco dinero, sino porque nuestra vida, y nuestros bienes, sean don para los demás. La bendición de Lázaro no es para quienes nada poseen, sino para quienes se dejan comer.

(TC02J)