El que duerme con un ojo abierto

Dice el salmo: Tu guardián no duerme. No duerme ni reposa el guardián de Israel (Sal 121, 3-4). Pero estas palabras se escribieron antes de que Dios se encarnase. Cuando el Verbo se hizo carne, Dios empezó a dormir.

Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Ahí lo tienes, todo un Dios dormido, mientras las olas y el viento amenazan la vida de los suyos. Y los apóstoles, al ver a Dios dormido y a la tormenta despierta, temblaron de miedo y despertaron a Dios.

Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Esa fe que Jesús pide a sus discípulos es una confianza que va más allá de las olas, las tormentas, los vientos, las tinieblas y las soledades. Ves a Dios dormido, y sigues creyendo en el salmo, porque sabes que, aunque duerma, Dios no pierde nunca el control. Parece que te ha abandonado, que se ha olvidado de ti, y sigues creyendo que nada malo te puede suceder porque, aunque dormido, permanece a tu lado.

Yo dormía, pero mi corazón velaba (Ct 5, 2). Esa fe consiste en creer que Dios duerme con un ojo abierto. Y ese ojo te protege. Tranquilo.

(TOP03S)

“Evangelio 2022