El punto de fusión del corazón

Dice el salmo 147 que, cuando Dios mira la nieve, la escarcha y el hielo, envía una orden y se derriten, sopla su aliento y corren las aguas (Sal 147, 18). Sin embargo, cuando el corazón del hombre se endurece, ni la propia mirada de Dios hecho carne lo puede fundir.

Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él. Ante aquella mirada de Cristo, llena de dolor y de ira, el corazón de los fariseos, en lugar de derretirse, se endureció aún más. ¡Qué terrible misterio, el del pecado! Cuando el pecador endurece su corazón, al final es el de Cristo el que se funde, y llora como lloró ante Jerusalén.

Desde aquí te pido, Señor, que sea tu corazón fragua donde el nuestro se derrita como cera. Que se nos abrase el pecho en la oración, para que así nos rindamos a tu Amor. Que jamás nos tengas que mirar airado, sino que tus ojos se complazcan al contemplar nuestros corazones entregados a tu misericordia.

(TOP02X)

“Evangelio 2022