El precio de los milagros

Leemos que todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando, y apenas nos preguntamos por el precio de esas curaciones. Creemos que, puesto que Jesús era Dios, le bastaba con chascar los dedos para realizar, sin dificultad, milagros imposibles para nosotros… Pero nos equivocamos. Ninguna curación le salió gratis a Jesús.

Él tomó nuestras dolencias, y cargó con nuestras enfermedades (Is 53, 4). Curar a los enfermos le costó al Señor enfermar Él; cada curación de la vida pública es un fruto anticipado de la Cruz. Un Señor todopoderoso que chasca los dedos y me cura puede hacer que me postre ante él, pero no me arranca ni una lágrima. Un Cristo que me obtiene la sanación a precio de su Pasión y muerte me conmueve, me enamora, me llena de gratitud y me reconcilia con el sufrimiento.

Tampoco le han salido gratis al Señor las absoluciones que recibo a través del sacerdote. Cada una de ellas le ha costado toda su sangre. Debería meditarlo a menudo, para llenarme de gratitud tras cada confesión.

¡Señor, no sólo me has sanado! ¡También me has sufrido! ¡Así me amas!

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