El nuevo «primer mandamiento»

En su primera carta, san Juan da un vuelco sumamente atrevido al primer precepto de la Torah, que mandaba al hombre amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4, 10). Entre aquel primer precepto y esta carta del apóstol ha tenido lugar un acontecimiento fundamental y sobrecogedor. Tras esperar, durante siglos, al amor del hombre, el propio Dios ha descendido y ha entregado al hombre su Amor en el Hijo.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Esto lo cambia todo. Porque, a partir de ese momento, en que Dios ha entregado amorosamente a su Hijo, la salvación ya no es algo que se obtenga mediante un empeño, sino un don que se recibe como se recibe un beso.

O como se reciben el Bautismo, la absolución y la comunión. La principal tarea del hombre sobre la tierra, ahora, más que amar a Dios, es dejarse querer por Él. Somos niños.

(TPB06)