El mito de la autoestima

Vivimos tiempos de locura institucionalizada. Los estándares de la salud obligan a tener el colesterol bajo y la autoestima alta. Al niño se le convence de que es muy bueno, muy guapo, muy listo y, si algo no le funciona, entonces es, también, muy «especial». Buscamos personas que crean en sí mismas por encima de todo.

Es el camino más seguro hacia el abismo. ¿Acaso puede alguien sentarse sobre sus propias manos sin caer al suelo? Sólo quien ya está caído puede sentarse sobre sus propias manos. Pero, si el hombre quiere alcanzar la dignidad a la que está llamado, necesita un apoyo.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

La autoestima es una gran mentira. No puedo fiarme de mí mismo, porque no soy de fiar. Pero puedo saber que Dios me ama como soy, fiarme de su Amor y apoyarme en Él como descansa el niño en brazos de su madre. Entonces aprenderé a quererme sin mentirme, y seré fuerte, con una fortaleza que no es mía, sino de los brazos que me sustentan. Todo lo puedo en Aquél que me conforta.

(TA01J)