El milagro de la santidad

El joven rico apuntó mal en sus deseos. Quería vida eterna, pero no quería ser santo. Ojalá desees la santidad con todas tus fuerzas. Porque la santidad consiste en vaciarse completamente de uno mismo por amor y llenarse de Dios. Por si no lo sabes, la Biblia no dice, en ningún lugar, que los buenos vayan al cielo. Según la Escritura, al cielo van los santos.

– Entonces, ¿quién puede salvarse? – Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo.

Para que yo sea santo hace falta un milagro mayor que todas las curaciones que narran los evangelios juntas. Por mis fuerzas, podré llegar a ser bueno algún día. Pero, para ser santo, necesito un milagro de la gracia divina. Y, por cierto… para que lo seas tú, también.

Una buena noticia: Dios está dispuesto a obrar el milagro. Ahora soy yo quien debo estar preparado para recibirlo. Y esa preparación la obran la oración y la obediencia. La oración me ayudará a encenderme en deseos de santidad. La obediencia me enseñará a extender la mano para recibirla. Y el Espíritu de Dios, tan anhelado en mi oración y recibido en los sacramentos, se servirá de mi obediencia para santificarme.

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