El milagro como palabra

Cuando una persona habla, ¿qué importa más, su tono de voz o las palabras que dice? Lo importante son las palabras. ¿De qué le sirve a uno tener una voz preciosa, si no dice nada?

Jesús hizo bien ambas cosas. Sus milagros son palabras maravillosamente pronunciadas, cuyo contenido es vida eterna. Por eso, nunca busques el milagro por el milagro. Escucha, más bien, lo que el milagro quiere decirte.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Por la sangre se le va la vida; está enferma de muerte, como lo está el hombre después del pecado. Se le va la vida por el calendario, día tras día, hasta que llega el último.

Le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». El manto de Jesús, bajo el cual nos alberga, es la Iglesia y los sacramentos. Cuando el agua del Bautismo toca al niño, cuando las palabras de la absolución alcanzan al pecador, el enfermo de muerte recibe vida eterna y queda sanado.

Ya has escuchado el milagro. Ahora proclámalo; que muchos siguen enfermos, tienen el manto del Señor muy cerca, y no lo tocan porque nadie les ha dado la buena noticia.

(TOB13)