El mejor negocio

Para un cristiano, la vida es negocio. Y buen negocio. Por eso el rey de aquella parábola dijo a sus siervos: Negociad mientras vuelvo. También te lo han pedido a ti.

El mandato de Cristo no supone, simplemente, hablar de Dios o empeñarse en actividades apostólicas. «Negocio» significa «Nec-otium»; es decir, que negociar supone no estar ocioso, aprovechar el tiempo.

Negocias cuando te levantas a tu hora de la cama cada mañana, venciendo a la pereza; cuando llegas puntual a tu trabajo y lo realizas con perfección, como ofrenda a Dios; cuando llega la hora de rezar e interrumpes la lectura del periódico; cuando entras en la iglesia antes de que comience la Misa; cuando descansas a tu hora. Y también negocias cuando hablas de Dios en el momento adecuado y a la persona que lo necesita, tras haber rezado por ella. No es menos negocio cocer bien un huevo que impartir una catequesis, si ambas tareas las llenas de amor de Dios y las realizas en su momento.

Minuto a minuto, entregas la vida en obediencia, y ese sacrificio da fruto de almas. Incluso morir a su hora es negocio. Y salario, bendito salario, escuchar: ¡Muy bien, siervo bueno!

(TOI33X)