El hijo del silencio

No te fíes de quienes hablan mucho. Además de provocar dolor de cabeza, si les haces demasiado caso te llenan por dentro de estupideces. Porque quienes hablan mucho, generalmente, piensan poco. ¿Cómo van a pensar, si están hablando todo el día? Y la palabra que no ha sido pensada y meditada suele ser palabra necia y superficial. Tan sólo la caridad te llevará a escuchar a esas personas… durante un rato.

Fíate de quienes aman el silencio, el recogimiento y la oración. Como la Virgen. Como san José. Y como Juan Bautista. Su palabra fue anuncio del Cordero inmaculado, y despertó a muchas almas que estaban dormidas. Pero esa palabra de Juan fue gestada entre poderosos silencios.

Desde que fue concebido, su padre quedó mudo, para que Juan fuese hijo del silencio. Y, después de nacer, cuando tuvo la edad, vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel. Cuando se cumplió el tiempo, habló las palabras que Dios puso en sus labios y, más adelante, fue de nuevo reducido al silencio por Herodes.

Palabra gestada entre tantos silencios tenía que ser, necesariamente, palabra de vida.

Reza primero, habla después y, cuando hayas hablado, vuelve a rezar.

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