El hermano mayor

Cuando uno termina de leer la parábola del hijo pródigo, se pregunta quién de los dos hijos estaba más lejos de su padre: el que se marchó de casa para perderse, o el que se mantuvo en casa obedeciendo por fuera y odiando por dentro. ¡Pobre padre!

Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos.

¡Qué podrida obediencia! Cumplía por fuera las órdenes; nadie le hubiera podido reprochar nada. Pero, por dentro, quizá desde hacía años, cuando le fue negado un cabrito, juzgaba a su padre y renegaba de él. ¿Cómo iba a ser feliz, cuando su cuerpo obedecía mandatos ajenos, mientras su corazón deseaba conseguir su capricho?

Ambos hijos mataron al padre. El menor, porque le pidió la herencia en vida; el mayor, porque lo juzgó y lo condenó. Pero, al menos, a quien se había marchado, el hambre le hizo saber que estaba lejos, y volvió. El que nunca se fue no pudo aceptar su pecado.

¡Qué triste es permanecer dentro de la Iglesia, y tener más razón que los sacerdotes, los obispos, e incluso que el Papa!

(TC02S)