El gran alivio

Me dan mucha lástima las personas a quienes «no les funciona» la religión. Se les ha estropeado el evangelio, y sus oraciones no les hacen efecto.

«¿No dice el Señor venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré? Pues yo no paro de rezar, y sigo sufriendo. Me duele todo igual que antes de rezar».

¡Pobres! Creen que el alivio consiste en que cese el dolor. Pero, si el dolor cesara, otro vendría pronto a ocupar su lugar. El alivio prometido por el Señor es muy distinto.

Si yo estuviera llorando a solas en una habitación a consecuencia de un gran disgusto y, de repente, apareciera la Virgen ante mí y enjugase mis lágrimas, yo no dejaría de llorar ni de sufrir, pero me sentiría muy aliviado. Y hasta me alegraría de estar sufriendo, por haber hallado en mi dolor ese consuelo.

El alivio del cansado no consiste en que retiren la carga de sus hombros. La fe no nos ahorra los sufrimientos de esta vida. El alivio del cansado consiste en encontrar a Cristo clavado en tu cruz, reclinar tu pecho sobre él, y así sufrir acompañado por el Amor de los amores.

(TOI15J)