El fuego que convierte una casa en un hogar

Nadie imagina un belén sin María y José. La mula y el buey son todo un detalle, pero ni el primer Adán ni el nuevo encontraron compañía en las bestias. No es bueno que el hombre esté solo (Gén 2, 18).

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. El Verbo no vino a este mundo solo. Quiso el Padre para el Hijo lo que quiere para todo hombre: que habite en un hogar. Y que pudiera decir «papá» y «mamá», porque el alma está fría si no se arrima al calor de una familia.

Mirad una casa, grande o pequeña: es sólo una casa. Dejad que la habite una familia, y se convierte en un hogar. Necesitas saber que hay una puerta tras la cual arde un fuego, y que, al cruzarla, allí te quieren por ser quien eres. Y no tienes que aparentar, porque te conocen. Y puedes abrir los labios y pronunciar esas dos palabras maravillosas: «papá» y «mamá».

Papás, mamás: ¿qué arrojaréis a la hoguera que convierte vuestra casa en hogar? ¿Qué quemaréis allí? Os lo diré: vuestros egos. Cualquier sacrificio es pequeño con tal que haya calor tras vuestra puerta.

(SDAFAMC)

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