El esfuerzo del asceta, y la paz de los místicos

En Juan Bautista estaba la Antigua Alianza dando a luz a la Nueva entre grandes dolores y esfuerzos. Los gritos del Bautista son gritos de parturienta, y con ellos la Ley alumbraba al mundo a la gracia.

Entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él. Juan es el mayor. Él señaló con el dedo al Mesías. Y sus grandes voces señalaban el esfuerzo de conversión, ayuno y penitencia que la Ley pedía al pueblo para prepararse a la venida del Salvador. Juan representa a la ascética. Sin ella, no hay salvación.

Y, de ese alumbramiento, el fruto es un niño, un bebé a quien adoraremos en unos días tendido en un pesebre. No tendremos forma de acceder a Él si no nos hacemos también niños. Y así, quienes en Adviento sometemos nuestros cuerpos con ayunos y templamos nuestra voluntad con sacrificios nos veremos, de repente, convertidos en lactantes. ¿Qué fuerza tiene un bebé? El bebé recostado en brazos de su Padre tiene la fuerza de Dios. Todo lo puedo en aquél que me conforta (Flp 4, 13). Del esfuerzo ascético nació la mística.

(TA03J)

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