El egoísmo de la carne

La primera vez que escuché la expresión «egoísmo de la carne» me escandalicé. Tenía yo entonces 19 años, y aquellas palabras me parecieron una sombra de gnosticismo. «La carne –pensaba– ha sido creada buena por Dios. ¿Por qué hablamos de ella como si fuera el enemigo?».

Francamente, cuando yo tenía 19 años era idiota. Supongo que se trataba de la soberbia de la juventud. Me hubiera bastado esperar a la mañana siguiente, y contemplar cómo me quedaba en la cama al sonar el despertador, aún sabiendo que perdería la primera clase, para entender que la carne, creada buena por Dios, está enferma de egoísmo, y que ese egoísmo es fruto de un pecado original.

Si aquel criado dijere para sus adentros: «mi señor tarda en llegar», y empieza a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera

Cuando no somos sobrios, ni mortificamos la carne, el cuerpo arrastra al alma en su egoísmo, y la sume en una torpeza que la incapacita para los bienes espirituales. Por eso, la sobriedad del cuerpo es vigilia para el alma. Y quien no tiene a raya sus instintos jamás podrá gozar del Amor de Dios.

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