El dudoso pez de san Pedro

Si habéis estado en Tierra Santa, y se os ha ocurrido probar, en Galilea, ese pescado al que llaman «pez de san Pedro», aún estaréis extrayendo espinas de los espacios interdentales. Lo probé una vez, y me pareció, más bien, el pez de santo Tomás. ¡Uno, y no más!

Lo recuerdo cada vez que contemplo cómo Jesús, ya glorioso, se aparece a los apóstoles y les pide algo de comer.

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.

Espero que el «trozo» no se lo diera Pedro. Pero… ¡qué más da! Jesús ya ha cruzado la frontera del asco y del dolor. El pez le supo a «gloria bendita», porque fue Él, la bendita gloria en persona, quien lo tomó.

Confesaste en Cuaresma. Confesaste, de nuevo, en Semana Santa. Acompañaste al Señor en la Cruz, y, hoy domingo, has resucitado con Él. Estás en gracia de Dios. Llevas, en tu alma, el resplandor de Jesús resucitado. ¿No te sabe mejor la vida? ¿No disfrutas, ahora, incluso del dolor? Todo es nuevo. Todo es, para ti, «gloria bendita».

De todas formas, en mi próximo viaje a Tierra Santa, no volveré a intentarlo con el pez de san Pedro. ¡Por si acaso!

(TP01J)