El diluvio tras la ventana

Conforme escribo estas líneas, oigo el rugir de una tormenta, y veo, a través de la ventana, cataratas de agua cayendo del cielo sobre las calles.

Yo estoy seco. Seco, y feliz. Estoy en casa. Y, hasta el momento, no hay goteras.

Os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones, y nada os hará daño alguno.

Esta frase podría dar lugar a confusión. Y, si se entiende mal, podría ocasionar decepciones innecesarias. A san Pedro lo crucificaron boca abajo. A san Lorenzo lo quemaron vivo. A santa Inés le cortaron la cabeza… ¿Sigue siendo verdad que nada os hará daño alguno?

Sigue siendo verdad. Porque todos esos tormentos fueron, para ellos, como la lluvia que cae detrás de mi ventana. Ni los clavos, ni las llamas, ni la espada pueden alcanzar lo profundo del alma, ese santuario donde el cristiano habita y se refugia. Allí, somos inexpugnables. Quien vive fuera, y se afana por las cosas de este mundo, es vulnerable al dolor, a los tormentos y a la muerte. Pero quien tiene vida interior es capaz de estar de fiesta mientras el dolor lo cerca por todas partes.

Siempre que no haya goteras, claro. Reza mucho.

(TOP26S)

“Evangelio