El día y la hora

Permaneced atentos al reloj, y no quitéis ojo al calendario, porque hay una hora, y también un día. No me refiero al smartwatch que lleváis en la muñeca, ni la app «calendario» de vuestros smartphones. Hablo del tiempo de Dios.

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Es la hora en que fue derramado el Espíritu de la verdad, quien imprime en nuestros corazones la noticia sin palabras, en anuncio inefable de Dios. Es la hora en que el corazón de Jesús, traspasado por la lanza, derrama sangre y agua. Es la hora de quienes, como María y Juan, están allí, recibiendo ese manantial de luz.

Aquel día pediréis al Padre en mi nombre. Es el día, tan esperado, de Pentecostés. Es el día en que el Espíritu orará en nosotros con gemidos inefables. Anteayer comenzamos el decenario, y así vamos preparando el corazón para que el Paráclito, cuando llegue, lo inunde todo. Ese día pediremos, no desde nuestros corazones enfermos, sino desde el corazón del propio Cristo. Pediremos en Amor, porque el Espíritu es Amor, y el Padre mismo nos ama, y nosotros amamos al Hijo… y seremos escuchados.

(TP06S)