El cubo vacío y abandonado

Una de las cosas que más me sorprende del encuentro de Jesús con la mujer samaritana es el quiebro, no violento, sino dulce, que experimenta la escena en cuanto a las necesidades corporales de los protagonistas. La mujer viene a sacar agua de un pozo; Jesús tiene sed, y hambre, puesto que los discípulos habían ido a comprar comida. Y, al final de la escena, ni la mujer ha sacado agua del pozo, ni ha bebido el Señor. El cubo se ha quedado, huérfano de madre, a los pies del pozo. Y cuando los apóstoles regresan y le piden a Jesús que coma, Él responde: Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis… Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿Qué ha sucedido?

La respuesta está en los ojos. Al comienzo del relato, las miradas de ambos están puestas en un pozo. Pero el Señor va elevando los ojos de la samaritana mientras eleva Él los suyos. Mirando al cielo, ven manar delicias de gracia, y el cuerpo ya ni siente el hambre ni la sed; Dios todo lo sacia.

¡Cuánto bien le hace al alma, y al cuerpo, la oración!

(TCA03)

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