El croissant del rabino, y las chancletas del feligrés

He pasado varios sábados en Jerusalén. El espectáculo que, por toda la ciudad santa, ofrecen esos judíos vestidos «de punta en negro» desde el atardecer del viernes, y la reverencia con que preparan la cena sabática son toda una catequesis. Recuerdo un desayuno en el hotel Grand Court. Mientras devoraba yo cuanto tenía a mano, un rabino, frente a mí, en silencio, prestaba más atención a su libro de la Torah que al croissant que había en su mesa. Se lo pude haber robado, y no se habría dado cuenta… O sí, quién sabe.

Nadie duda, al ver a esos judíos, de que algo grande está sucediendo. Sin embargo, nosotros…

Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?Pienso en la indumentaria veraniega de nuestra feligresía en cualquier misa de doce. Pantalones cortos, chancletas, camisas sin tirantes, rostros sin afeitar… Cualquier diría que hemos salido de paseo, o que vamos ya preparados para pasar, de la misa, a la piscina. Sólo encuentro una explicación: falta de fe. Si para celebrar el día en que Dios descansó, los judíos se visten así, para celebrar el día en que Cristo resucitó… ¡cómo deberíamos vestirnos los cristianos! Si realmente lo creyésemos, claro.

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