El camino ascendente

Estaba escrito: El Monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey (Sal 47, 3). Sobre ese monte estaba edificada Jerusalén, el lugar de la tierra más próximo al cielo. Quien quisiera alcanzar el cielo, debía encaramarse, necesariamente, a ese monte, y a esa ciudad.

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

Comienza Jesús su ascenso al Monte Sión. Cuando llegue a lo alto, todavía tendrá que escalar, desde Jerusalén, otro monte: la roca del Calvario. Allí extenderá sus brazos, y rasgará, con su sangre, el velo que separaba el cielo de la tierra. Cuando todo esté consumado, desde Jerusalén será llevado al cielo por el Espíritu.

No te extrañe que te cueste trabajo hacer el bien; que tengas que vencerte para rezar; que te suponga esfuerzo obedecer; o que te resulte difícil cumplir la voluntad de Dios. La santidad es camino ascendente. Lo fácil es pecar; basta con dejarse caer. Pero, si no desfalleces, llegará un momento en que el Espíritu te atraerá hacia Dios con una fuerza muy superior a la que te aboca al pecado. Entonces ya no ascenderás fatigosamente: serás dulcemente llevado.

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