El burro y las moscas

Era yo niño, y vi un burro. No recuerdo dónde. Pero recuerdo que me hechizó: las moscas se posaban en su cabeza hasta casi cubrirla sin que él hiciera nada por espantarlas. Parecía que les diera alojamiento cariñosamente. Cuando eran tantas que ya le cubrían los ojos, pegaba un bufido, y todas salían volando. A los pocos segundos, estaban de nuevo allí. Y el burro… tan manso, tan acogedor.

He recordado al burro ante aquellos criados, impacientes al ver a la cizaña entre el trigo: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero el amo muestra la casta de mi borrico: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Si una mosca se nos posa en la frente, la espantamos. Si nos duele algo, intentamos calmar el dolor. Si alguien nos molesta, nos apartamos de él. Nos impacientamos porque nos asedian las tentaciones. Nos irritamos porque hay guerras e injusticias…

No quiere Dios que amemos el mal; el mal es odioso. Pero, antes de que el mal sea erradicado… ¿No querrá Dios que aprendamos a vivir con paciencia en un mundo imperfecto? Y, antes de que corone nuestras luchas con la victoria, ¿no querrá que aprendamos a amarnos a nosotros mismos en nuestra imperfección?

(TOA16)