El ayuno engorda

«Estoy gordísimo», me dijo, hace apenas unos días, un buen amigo. «Y la culpa es de los ayunos». Como lo miré con extrañeza, me lo explicó: «Allí donde vivo hacemos grandes ayunos. Pero hay que ser muy santo para que los ayunos no te engorden. Porque, cuando no eres muy santo, al finalizar el ayuno te desquitas comiendo todo lo que puedes, y así preparas el ayuno siguiente. El resultado final es un aumento de peso considerable».

No sé si mi amigo es muy santo, pero sé que es normal. Le gusta comer. Me dan más miedo aquéllos a quienes les gusta ayunar. Si te ven comiendo, te fulminan con la mirada como si fueras la bestia del Apocalipsis devorando carroña. Pobrecitos.

Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.

Se vislumbra cierta envidia en estas palabras. El puritano no es feliz.

Lo mejor, para evitar engordar, y para ser felices, es ser templados, tanto en el ayuno como en la comida. Ayunar con sencillez, sin amargarse, y comer, también, con sencillez, sin atiborrarse. Y, desde luego, hacerlo todo para la gloria de Dios.

(TOP22V)