El alma y las vísceras

Si alguien te dice la misma frase tres veces en dos minutos, está claro que tiene interés en que le hagas caso. No creo que la proclamación del evangelio de hoy lleve más de dos minutos:

No les tengáis miedo… No tengáis miedo a los que matan el cuerpo… Por eso, no tengáis miedo…

El propio Dios encarnado te repite hoy, por tres veces, «no tengas miedo». Debería ser suficiente para que el alma se aquietara.

Y, con todo, quizá seguimos teniendo miedo: a la muerte, a la enfermedad, a la soledad, al dolor, a la angustia, a la humillación, al fracaso. Las palabras del Señor no logran aquietarnos. Siempre me detengo cuando, en la Liturgia de las Horas, rezo ese verso del salmo: Todo me da miedo (Sal 30, 14).

Pero las palabras de Jesús no van dirigidas a las vísceras; las vísceras tienen vida propia, y hasta las suyas temblaron de pavor y angustia en Getsemaní. Las palabras del Señor se posan en lo profundo del alma, e imprimen allí el convencimiento de que nada malo puede sucederle a quien ama a Dios.

Si el alma descansa firmemente en el Señor, todo va bien, aunque las vísceras tiemblen.

(TOI14S)