El «aconsejón» y el evangelista

La forma «menos buena» del apostolado es la del «aconsejón»: se te acerca, te pone la mano en el hombro, y te endilga una monserga que no le habías pedido: «Esa vida que llevas no es buena, y, acabarás en el Infierno. Haz caso a mis consejos, ve a confesar, ve a misa, y verás cómo te sientes mejor». Ante semejante discurso, el «atacado» puede optar por salir corriendo, o por discutir. Y discutir de religión no suele ser productivo.

Lee a san Lucas:

He resuelto escribirte por su orden (los hechos que se han cumplido entre nosotros).

El evangelista no aconseja; relata. «Eres mi amigo, y te quiero contar lo que me ha sucedido. Desde que comulgo a diario, y confieso con frecuencia, mi vida se ha llenado de luz y de sentido. Cristo vive, y ha iluminado mi existencia. Te lo cuento, porque puede sucederte también a ti». Con palabras como éstas, en lugar de «atacar» con consejos a quien no los quiere, has abierto un camino ante tu amigo. Que quiera recorrerlo, o no, ya es asunto distinto. Pero recuerda que no basta con hablar. El evangelista también reza y se mortifica por aquellos que lo escuchan.

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