Duelen los ojos

Estaba escrito que nadie puede ver a Dios sin morir:

Mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida (Éx 33, 20).

Pero, en la plenitud del tiempo, el Verbo se hizo carne. Y el resplandor de la gloria divina se apaciguó en el aspecto del más hermoso de los hijos de Adán. Quienes vieron, con sus ojos, al Señor, vieron a Dios.

Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.

Aquellos hombres privilegiados contemplaron realmente a Dios, y muchos no lo supieron. Otros lo rechazaron. Y otros, como Tomás, se postraron ante Él cuando fueron conscientes de la gloria que manaba de sus llagas:

¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).

Esas palabras son para nosotros. Y también las de san Pedro:

No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis. No lo veis, y creéis en él (1Pe 1, 8).

Un día, cuando nuestra pobre carne resucite, la contemplación del rostro de Jesús llenará de gozo nuestra eternidad. Pero, hasta entonces, sólo la fe nos ilumina. Alegra el alma, sí… pero duelen los ojos.

(TP04S)