Dios no es tu mascota

Dice la Escritura que los gritos del pobre atraviesan las nubes (Ecclo 35, 17). Del soberbio, por el contrario, dice: Me llamaréis, pero no os escucharé (Prov 1, 28). Ni Cristo dijo «sí» a todo lo que le pidieron los hombres, ni es verdad que toda oración sea escuchada por Dios.

«En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación». Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Hay una oración ante la cual Dios se da la vuelta y se marcha. Es la oración del rico, quien, en su soberbia, quiere manipular a Dios y ponerlo al servicio de sus planes. Aquellos fariseos del Evangelio trataban a Jesús como tratarían a su mascota: «¡Salta! ¡Siéntate! Ahora… ¡haznos un signo en el cielo! Si lo haces, creeremos en ti». El Hijo de Dios se dejó humillar hasta la muerte en Cruz, pero nunca despreció su dignidad entrando al juego de aquellos hombres.

Ya sé que lo sabes, pero deja que te lo diga: Dios no es tu mascota. No quieras que se someta a tu juego. Más bien, acepta tú sus planes, y pide como piden los pobres: con humildad.

(TOP06L)