Dios es Padre, no casero

A nadie le gusta pagar al casero. Llega fin de mes, y el precio del alquiler pesa como una losa en los castigados hombros del inquilino.

Por eso estaban de mal humor los labradores: El propietario, llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Y aquellos hombres malhumorados, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Después, mataron al hijo del dueño. ¿Quién los engañó? ¿Quién los hizo mirar al dueño de la viña como a un tirano? ¿Quién arrancó de sus corazones la gratitud?

Que no te engañen a ti. Ni estás en tu vida de alquiler, ni es Dios tu casero, ni los mandamientos son cargas sobre tus hombros. Tu vida es de Dios, Dios es tu Padre, y sus mandamientos son reclamo amoroso que busca tu felicidad.

Por eso, cuando hagas lo que Dios te pide, no lo hagas de mal humor, como quien paga un alquiler, ni te conformes con darle «lo justo». Dale cuanto tienes, y dáselo con alegría, porque Él, que tanto te ama, te lo devolverá transfigurado en gloria. Recuerda que eres hijo, no inquilino.

(TC02V)