Dificultades para confesar

Hagamos un recuento de dificultades que alejan a los pecadores del confesonario:

«No estoy arrepentido».

«¿Para qué confesar, si volveré a pecar?».

«Me da vergüenza».

«No tengo pecados graves».

«¿Por qué tengo que confesar mis pecados ante un sacerdote?»

Algunos piensan que, para confesar, hay que ser perfectos. Pero, en ese caso, la confesión no haría falta. El sacramento de la Penitencia es para pecadores. Y los pecadores somos bastante imperfectos. Mira al hijo pródigo:

Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado.

Su arrepentimiento es bastante imperfecto. Las garantías de que, en adelante, fuera un buen hijo, son mínimas. La vergüenza se la quitó el hambre. No fue, precisamente, la gravedad de sus pecados la que le movió a volver. Y, desde luego, lo último que se le ocurrió fue pedir perdón por telepatía: se levantó y llevó a la casa de su Padre el mismo cuerpo serrano que había profanado pecando.

Si a aquel padre le bastaron aquellas disposiciones tan imperfectas para perdonar al hijo y festejar su regreso… ¿A qué esperas tú?

(TCC04)