Desde lo más profundo del corazón

Cada vez que en las Escrituras se menciona al corazón, se hace referencia al centro de la persona; al «yo» íntimo, del que brotan los deseos más profundos, las decisiones, los amores, y, también, los odios. Todo lo demás –dolores, alegrías, enfermedades, problemas, emociones…– son accidentes que «nos pasan». Lo que brota del corazón, sin embargo, nos conforma como personas.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.

Frente a ese abismo de maldad que puede brotar de un corazón humano, contamos con la devoción al sagrado Corazón de Jesús. De ese corazón, traspasado por la lanza, brotan sangre y agua que limpian y fecundan cuanto tocan. La devoción al corazón sacratísimo de Cristo purifica el corazón del hombre, y lo convierte en fuente de agua viva.

La sangre que mana del costado del Señor es el dolor por los pecados de los hombres. El agua es la gracia que limpia esa inmundicia. Y, juntas, sangre y agua son el Amor inmenso con que Jesús nos ama.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

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