¿Desde dónde gritaré?

Es una petición delicada:

Hazme justicia frente a mi adversario.

Lo gritaba, según nos cuenta el Señor, una viuda mientras practicaba el escrache a las puertas de la casa del juez. Pero, ni sabemos quién era su adversario, ni conocemos la presunta injusticia que había sufrido aquella mujer. No obstante, daremos por bueno su grito. Aunque yo necesito pensarlo mucho antes de llevar a mis labios esa misma súplica.

Si el Acusador despliega ante el Juez mis pecados, como sucederá cuando me llegue el día del Juicio, ¿me atreveré a reclamar justicia? ¿Tan seguro estoy de ser inocente?

No lo estoy. Más bien, estoy seguro de ser culpable. ¿Cómo, entonces, pedir justicia sin condenarme a mí mismo al Infierno merecido por mis culpas? ¿Desde dónde podré elevar el clamor de la viuda sin morir para siempre en el intento?

Iré, como ella, a la puerta de la casa. Hay una puerta abierta en el costado de Cristo, y allí me refugiaré para gritar. De este modo, cuando pida justicia, serán los méritos de Cristo, y no mis pecados, los que estén a la vista del Juez.

Desde allí grita la viuda, que es la Iglesia, y desde allí gritaré yo.

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