Desagravio

¡Qué buen Hijo, Jesús! Ve a su Padre ultrajado por la ingratitud de los hombres, y su corazón se estremece de angustia. Podría lanzar maldiciones sobre quienes así desprecian el Amor de Dios. Pero, en lugar de eso, prefiere ofrecerle a su Abbá algo que le consuele:

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Es como decirle: «Abbá, no los mires a ellos. Mírame a mí y a los míos. Nosotros sí te conocemos y te amamos. Acepta la ofrenda de mi amor y el de aquellos que me diste».

Se llama «desagraviar». Y es un gesto que, por ser de Jesús, te aconsejo que hagas tuyo. Cuando observes que tus hermanos hacen algo mal, no te vuelvas contra ellos ni los juzgues. Piensa en el Amor de Dios, afrentado por los pecados de los hombres, y procura hacer tú muy bien lo que otros hacen mal. Preséntale al Señor tu amor, y desagravia así por la frialdad de otros. Bendícele, y desagravia así por tantas blasfemias. Sé casto, y desagravia por tanta lujuria. Sé manso, y desagravia por tanta ira…

Tu vocación es el desagravio.

(TP07J)