Déjate salvar

Supón que te estás ahogando en un mar azotado por la tempestad. Se acerca un hombre en un barco, dispuesto a arriesgar su vida para salvarte. Y, cuando te tiende una cuerda, tú no la tomas, porque no te fías de él… El hombre llora. Deberías llorar tú, porque vas a morir; pero llora Él. Después morís los dos, porque no te has dejado salvar.

Así lloraba Jesús:

Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos».

Se ahoga su pueblo en la muerte, y, cuando viene a salvarlos, dicen que tiene un demonio. Se ahogan los hombres en un mundo azotado por el pecado, y, cuando la Iglesia les tiende una mano para rescatarlos, no se fían de los sacerdotes ni de la Palabra que da vida al mundo. «¡No cojáis esa cuerda!», gritan desde esos nuevos púlpitos que son los medios de comunicación. «¡No os fieis de los sacerdotes, son unos depravados!».

Debería llorar el mundo, pero llora la Iglesia, y lloramos los sacerdotes.

Reconoce tú el tiempo de tu visita. Déjate salvar.

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