Dejad que Cristo los sane

Escribo estas líneas poco después de administrar la santa unción a una mujer joven, a quien una grave enfermedad va invadiendo poco a poco. Aún percibo en mis dedos el perfume del óleo santo. Conforme la ungía, suplicaba al Señor, para ella, la salud del cuerpo y del alma.

Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».

He administrado la santa unción a muchos enfermos. Y he comprobado cómo este sacramento, en ocasiones, sana los cuerpos enfermos. He visto milagros que harían temblar el papel, si los escribiese. Son milagros del sacramento, no del sacerdote. Lo bueno de la santa unción es que el poder reside en el propio sacramento, sea quien sea el ministro que lo dispense.

Y, con todo, no es eso lo mejor. Lo mejor es que, mientras los cuerpos se curan en algunas ocasiones, las almas son siempre sanadas. No toca el enfermo el manto de Cristo, como la hemorroísa. Es el Espíritu de Jesús el que acaricia el alma del enfermo, y la sana de sus culpas para que pueda presentarse limpia ante Dios.

No privéis de la santa unción a vuestros enfermos. Dejad que Cristo los sane.

(TOI14L)