De rodillas se confiesa mejor

En mis años de sacerdocio, nunca he sido demasiado remilgado con las formas a la hora de absolver a un pecador. En cierta ocasión, mientras paseaba, alguien detuvo su automóvil a mi paso y me pidió que le confesara. Allí mismo, en plena calle, escuché su confesión y le absolví. También he confesado a jóvenes en el patio del colegio, y a excursionistas con mochila mientras subíamos una montaña. La confesión es sacramento de urgencia, y no es cuestión de poner trabas a quien busca el perdón de Dios.

Sin embargo, es maravilloso estar de rodillas mientras se confiesa y se recibe la absolución sacramental.

Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó. –¿Ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor. –Tampoco yo te condeno, anda, y en adelante no peques más.

Míralos a los dos: Jesús en pie, y la mujer postrada. Hasta que, al ser alcanzada por el perdón, se levanta para emprender una nueva vida.

Lo maravilloso de arrodillarse para confesar no es sólo la humildad de quien se postra para reconocer su culpa. Es, también, la alegría de ser levantado por la misericordia de Dios para emprender una vida nueva.

(TCC05)