Dale a Dios lo que Dios quiere

La queja que Jesús recoge de la Escritura para llorar sobre su pueblo debería hacernos dar un respingo. ¿No la estaremos mereciendo también nosotros?

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío.

«Culto» es aquello que ofrecemos a Dios. Rezamos, y ofrecemos palabras de alabanza, contrición o petición. Ofrecemos, también, el tiempo que empleamos en el servicio divino. Y está bien, pero Dios quiere más: su corazón está lejos de mí.

Dios quiere que le entregues el corazón. Y no se refiere al músculo, pero tampoco se refiere a ese magma de sentimientos que pueblan las «revistas del corazón». Ni le entregas el corazón a Dios porque derrames lágrimas mientras rezas, ni se lo niegas porque experimentes sequedad.

El «corazón» al que se refiere la Escritura es algo mucho más profundo: son tus deseos. ¿Deseas, de verdad, ser santo? ¿Deseas ser humilde? ¿Deseas ser casto? ¿Cuánto lo deseas?

Fomenta, en tu oración, los santos deseos; hazlos cada vez más grandes, aunque luego tengas que sufrir la pobreza de tus obras. Pero esos deseos tuyos, tenlo por seguro, empaparán tus palabras, y llegarán al cielo como ofrenda agradable.

(TOB22)