Cuando oréis, decid «Padre»

Hay quien, cuando reza, dice: «¡Oh!». Levanta los ojos al cielo, toma aliento, alza la cabeza y suspira: «¡Oh, Señor!». Luego viene el resto.

No es que esté mal. Muchas oraciones litúrgicas comienzan así, y por algo será. Quien dice «¡Oh!» está lanzado al cielo un grito para que Dios escuche. Es la imprecación dirigida desde el abismo a quien se encuentra en lo alto.

Pero, cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñase a orar, Jesús respondió: Cuando oréis, decid: «Padre». Decir «Padre» es distinto que decir: «¡Oh!». «Padre» es la llamada que dirige un hijo, cuando está en casa, a su papá. Es una invocación llena de confianza y de amor, que brota de labios de un pequeño que nada posee a un Padre que lo ama y lo comprende.

Ambas invocaciones son necesarias, y de ambas debemos servirnos. Por nuestros pecados, que tanto nos han alejado de Dios, es necesario que gritemos: «¡Oh, Señor, apiádate de mí!». Por la gracia que hemos recibido, y que se renueva en cada confesión sacramental, podemos salir del confesonario diciendo: «¡Padre! ¡Papá! ¡Papaíto!».

Por eso, cada vez que, arrepentidos, decimos «¡Oh!», Dios nos responde otorgándonos la gracia de decir: «¡Padre!».

(TOI27X)