Cuando el santo se te va al cielo

Me hace gracia la expresión: «Padre, es que, cuando rezo, se me va el santo al cielo». ¡Hombre! ¿A dónde querrías que fuera? Igual que la cabra tira al monte, el santo se va al cielo.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. El problema es cómo amar al Señor con toda la mente cuando estás rezando y el santo, en lugar de recordarte el nombre de Dios, se te va al cielo y te deja solo. En ese momento, todas las preocupaciones e imaginaciones, al ver que el santo ha huido, entran en tu cabeza y la llenan de ruido. ¡Pobre de ti! ¿Qué harás?

Puedes pedirle al Santo con mayúscula, es decir, al Espíritu de Dios, que descienda sobre ti y vuelva a llenar tu mente con su presencia.

También puedes entregarle al Señor esa mente tuya tan atribulada como entregarías un dolor de cabeza o una corona de espinas.

Lo que importa es que, con santo o sin santo, con pensamientos elevados o con espinas, tu mente esté entregada a Dios, para que así tengas, como dice san Pablo, la mente de Cristo (cf. 1Co 2, 16).

(TOI20V)