Corpus natum de Maria Virgine

Aquella mujer que, al paso de Jesús, alzó la voz bendiciendo a su madre no sospechaba el verdadero alcance de sus palabras:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! El elogio es tremendamente carnal, muy al gusto del pueblo judío; son el vientre y los pechos de la Virgen los agraciados con la presencia del Verbo Divino. Pero, precisamente por eso, es un elogio deliciosamente eucarístico. Nada más carnal y, a la vez, más espiritual que la Eucaristía, la carne del propio Cristo oculta tras las sagradas especies.

Porque ese cuerpo de Cristo, que adoramos en la Hostia, Jesús lo recibió por entero de su madre. No hay herencia de varón en la generación de Cristo, toda su carne y todos sus genes son de la Virgen. Así lo cantamos en el Ave Verum, y ensalzamos al «Corpus natum de Maria Virgine».

Medítalo cuando comulgues, o cuando te postres en adoración ante la Eucaristía, y así descubrirás la presencia silenciosa de la Inmaculada junto al Pan de vida. ¡Te adoro, cuerpo nacido de María! Y te ensalzo a ti, Virgen madre de Dios, que diste tu limpísimo cuerpo al cuerpo sagrado que adoramos y comulgamos.

(TOP27S)