Corazones virginales al paso del Redentor

Cuando el Emperador romano hacía su entrada triunfal en una ciudad conquistada, cruzaba las calles a lomos de un corcel, rodeado de un ejército, y ataviado con uniforme de gala y corona de laurel. Las gentes aclamaban, jubilosas, a su paso.

Encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Hoy, Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, y no lo hace a lomos de un corcel, sino de un humilde pollino sobre quien nadie ha montado aún. Como el lienzo que cubra su cuerpo muerto y el sepulcro donde será enterrado, todo en Jesús debe ser virgen. También el vientre de María lo fue.

No eran vírgenes los corazones de quienes gritaban. Sus aclamaciones al paso de Jesús fueron transformadas en insultos cinco días más tarde. Muy adúltero tiene que ser un corazón para pasar, tan deprisa, del ¡Hosanna! al ¡Crucifícalo! Los nuestros lo han sido.

Quisiera pedirle al Señor la gracia de gritar hoy con un corazón virginal, nuevo y limpio. Quienes participamos en la misa de Ramos haríamos bien en llegar a esa celebración recién confesados, para, después, no separarnos del Señor hasta el domingo próximo, cuando Él mismo nos introduzca en la Pascua.

(DRAMOSB)