Conversiones y perversiones

El buen ladrón. Algunos dirán que «así, cualquiera»: toda la vida robando, y diez minutos de piedad al final del camino le obtuvieron el cielo. Yo prefiero pensar que menos mal, que benditos diez minutos, porque menuda pena de vida había llevado. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez. Vale también para quien se «arregla» con el demandante en los últimos diez metros. ¡Bendito sea Dios!

Lo contrario: Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió (Ez 18, 26). Pero si un justo se pervierte en el minuto 90 del partido, deja claro ante la afición que era un tibio. Si hubiera sido fervoroso, no se hubiera pervertido.

Puedes pasar la noche mirando al Oriente en espera del alba, y darte la vuelta diez minutos antes de que amanezca; pocas ganas tenías, entonces, de ver el sol. O puedes pasar la noche borracho, escuchar un aviso antes del amanecer, y recibir llorando la luz. Pero lo mejor es pasar la vida suspirando por Dios, y verlo llegar con gozo a la hora de la muerte.

(TC01V)