Conversión y perseverancia

Ante Pedro hundiéndose en el agua, primero me sorprendo. Después, comprendo.

La sorpresa me asalta cuando se asusta y se hunde. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Y es que el momento de asustarse ya había pasado. Si el Señor, sobre las olas, me dice «Ven», lo que me daría miedo es salir de la barca y echar pie al agua. Pero, una vez que lo he hecho, y he comprobado que puedo pisar el mar… ¿Por qué asustarme del viento?

Luego miro al mundo real… y comprendo. He visto, gracias a Dios, muchas conversiones. He presenciado ese momento en que un hombre abandona su barca y se lanza, sobre el agua, al encuentro del Señor, y sé que esa gracia hace que todo parezca fácil. Convertirse –perdonad– es lo sencillo. Lo difícil es perseverar. Porque a algunos que vi saltar de la barca entusiasmados, lo vi, años después, hundirse miserablemente ante los vientos de la vida. Desgraciadamente, ni siquiera todos pidieron ayuda.

Así somos. ¡Señor, que nos convirtamos! Pero, sobre todo… ¡Que perseveremos!

(TOA19)