Conversión y penitencia

A san Pedro Damián le decían que debía ser más indulgente con los jóvenes que abrazaban la vida monástica, y, en consideración a sus pocas fuerzas, no debía someterlos, desde el principio, a las penitencias propias de monjes ya experimentados. Pero el santo respondía que, si pudiera, sometería a los jóvenes a penitencias mayores aún. Casi todos ellos venían del mundo, donde habían cometido pecados muy graves. Por eso necesitaban más penitencia, hasta que se purificaran y pudieran llevar la vida contemplativa del monje.

Existe una falsa conversión, en la que el supuesto cambio de vida no va acompañado de penitencia. Quien ha vivido esclavizado por placeres carnales, descubre, de repente, los gozos del espíritu, y, con la misma voluptuosidad con que antes se entregaba a la comida, se entrega ahora a las devociones. Pero, entre una cosa y otra, no media la penitencia, ni el ayuno, ni la contrición. Simplemente, se pasa, de la concupiscencia de la carne, a la del espíritu.

Hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza.

Dices que te has convertido, pero… ¿Has hecho penitencia por tus antiguos pecados? Sé que los confesaste, pero no los has llorado aún.

(TOI26V)