Confusiones en el día de la claridad

Nadie debería confundir, en noviembre, el día 1 con el 2. Mañana rezaremos por quienes, cruzado el umbral de la muerte, se purifican de sus pecados. Pero hoy exultamos con quienes han alcanzado las cumbres de los cielos.

Tampoco debería confundirse una solemnidad tan alegre con el esperpento de las tinieblas del Halloween. Esa fantochada que lleva a los padres a permitir que sus hijos vayan vestidos de mamarrachos es un culto demoniaco a la fealdad. Nosotros, hoy, celebramos la luz.

BienaventuradosBienaventuradosBienaventurados… Y, así, hasta nueve veces. ¡Qué delicia, qué gozo, qué alegría la que disfrutan los santos ante el rostro de Dios! Es la misma alegría que nos espera a nosotros, cuando hayamos alcanzado el Hogar al que nos dirigimos.

Hoy el cielo está tan cerca, que lo tocamos con el alma. Escuchamos los cantos de júbilo de los santos, y, en la Eucaristía, compartimos con ellos el banquete eterno. Hoy el camino parece más corto. Hoy pregustamos el gozo celeste.

Decídselo a quienes lloran, y a los padres de esa niña que anda por las calles vestida de bruja con una calavera en la mano. ¡Salid de las tinieblas! ¡Ha amanecido un día lleno de luz!

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