Confesiones de un tonto ilustrado

No conozco a nadie que le caiga bien a todo el mundo todo el tiempo. Cuando yo era joven, uno de los chicos de mi grupo de amigos la tenía tomada conmigo. Yo no le había hecho nada malo, pero, simplemente, no me soportaba. El caso es que los insultos y los desaires de aquel chico me causaban un problema de conciencia, porque yo intentaba poner por obra el mandato del Señor: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian. Y me esforzaba por llamarlo, por invitarlo, por intentar tenerlo a mi lado. Finalmente, consulté el asunto con un sacerdote santo, y me dio un consejo que os copio en estas líneas, porque me hizo mucho bien: «Tienes que amar a quien te odia, pero no tienes por qué imponer tu compañía a quien no la quiere. Déjalo en paz. Simplemente, procura tratarlo bien si se acerca a ti, y no le devuelvas sus desaires con desaires. Pero nadie te pide que seas tú quien se acerque a él».

Cuando era joven, yo era tonto. Y quizá lo sigo siendo, pero soy un tonto ilustrado por la experiencia y por muchos buenos consejos. Escuchando se aprende.

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