Como vuestro Padre es misericordioso

Hoy, en la Misa, rezamos el salmo 78: Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados.

Si Dios nos tratara como merecen nuestros pecados, ¿quién podría salvarse? Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia— (Ef 2, 4-5). Eso no significa que a Dios no le duelan nuestras culpas, sino que ha enviado a su Hijo para que las sufra en la Cruz y, así, nos redima.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Ser misericordioso no significa que no te duelan los pecados de los demás, ni que les quites importancia como si fueran pequeñeces. Significa que, aunque te duelan, no los juzgas a ellos ni los condenas; antes bien, los miras con cariño, como a ti, pecador, te mira Dios.

Ser misericordioso supone renunciar al «¡Te vas a enterar!»; supone, en definitiva, no tratar a los demás como merecen sus pecados, sino conforme al Amor de quien dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

Ser misericordioso consiste en querer a tus hermanos, no con tu corazón, sino con el de Cristo.

(TC02L)